· Duelo
La otra cara del duelo
A veces el mayor cambio no es cuánto dejamos de extrañar, sino cómo empezamos a vivir.

Hace unos días me descubrí haciendo planes para el próximo año.
Y me sorprendí.
Porque hacía apenas unos días había fallecido nuestro vecino y profesor de tenis de la zona.
Tenía 35 años.
Tenía una hija de la misma edad que mi hijo.
Desde entonces he vuelto a recordar lo frágil que puede ser una vida.
Y lo fácil que es creer que siempre tendremos más tiempo.
Del duelo se dicen muchas cosas.
Que el tiempo ayuda.
Que nunca vuelves a ser la misma.
Que aprendes a vivir con la ausencia.
Todo eso es verdad.
Pero hay una parte del duelo de la que casi nadie habla.
Nadie me dijo que un día también podía despertarme con unas ganas inmensas de vivir.
No porque hubiera dejado de extrañar.
Sino porque la vida empezó a verse distinta.
Después de perder, empecé a mirar distinto.
Las conversaciones dejaron de ser pequeñas.
Los abrazos dejaron de sentirse rutinarios.
Las personas dejaron de ser eternas.
Y el tiempo dejó de parecer infinito.
Pero también empezó a cambiar la forma en que elegía vivir mis días.
Comencé a preguntarme cuánto espacio ocupaba mi trabajo.
Cuánto ocupaban mis proyectos.
Y cuánto espacio estaba dejando para las personas que más amaba.
Porque entendí que la vida no solo es frágil, también está hecha de etapas que nunca vuelven. Todo eso es verdad.
Hay una parte del duelo de la que casi nadie habla.
Mis hijos solo tendrán esta edad una vez.
Las conversaciones con quienes amamos no quedan esperando para cuando tengamos más tiempo.
Y descubrí algo que nunca había pensado antes: el duelo no hizo más pequeñas mis ganas de vivir. Las hizo más intencionales.
Quiero llegar al futuro sin sentir que le robé tiempo al presente.

Quiero mirar hacia atrás y saber que estuve ahí.
Que disfruté a mis hijos cuando todavía querían tomarme de la mano.
Que abracé a las personas que amaba sin pensar que siempre habría otra oportunidad.
Que construí proyectos de los que me sintiera orgullosa, pero sin entregarles el lugar que le correspondía a mi familia.
El duelo no solo me enseñó lo que había perdido. También me mostró todo lo que todavía tenía.
No me volvió una persona más valiente de un día para otro.
Pero sí más consciente.
Más presente.
Más agradecida por lo cotidiano.
Hay una extraña claridad que a veces llega después del dolor.
Una claridad que te hace dejar de posponer esa llamada.
Ese viaje.
Ese proyecto.
Ese abrazo.
No porque el miedo desaparezca.
Sino porque entiendes que esperar tampoco garantiza nada.
He escuchado a personas decir que lo mejor que les pasó fue una enfermedad.
O perder a alguien.
Que gracias a ese dolor encontraron un propósito.
Y respeto profundamente esa forma de contar su historia.
Pero esa nunca ha sido la mía.
Yo nunca voy a decir que perder a mi mamá, a mi abuelita o a mis bebés fue lo mejor que me pasó.
Si pudiera elegir, las elegiría a ellas. Siempre.
No agradezco la pérdida.
Lo que agradezco es haber descubierto que, incluso después de ella, todavía era posible vivir con más intención.
Hay una versión de nosotras que el duelo rompe.
Y otra que el duelo revela.
Esa mujer que descubre qué importa de verdad.
Qué relaciones quiere cuidar.
Qué conversaciones ya no quiere seguir teniendo.
Qué vida quiere construir mientras todavía puede.
Durante mucho tiempo pensé que el duelo era únicamente aprender a despedirse.
Hoy también creo que puede ser aprender a vivir de otra manera.
Con más intención.
Con más presencia.
Con más Amor.
Porque sí.
Al otro lado del duelo también existe más vida.
Y quizás esa sea una de las formas más silenciosas en que Dios nos sostiene: no evitando el dolor, sino transformándolo, poco a poco, en una manera más profunda de habitar la vida que tenemos.
Desde el Amor,
Kari
— Karinna


