Recibe Amor

· Recibir

Yo también recibo mi medicina

Sobre aprender a no quedarme fuera de lo que doy

¿Y si este viernes no escribiera esta carta?

Lo pensé hace unos días.

¿Y si, en vez de buscar las palabras correctas, cerrara la computadora y durmiera un poco más?

La pregunta me hizo sentir extraña.

Me comprometí a escribir una carta todos los viernes.

Me encanta hacerlo.

Me encanta imaginar que mis palabras pueden llegar a una mujer justo cuando necesita leerlas.

Pero últimamente hay algo que me está pidiendo menos.

Menos hacer.

Menos sostener.

Menos estar siempre disponible.

Y más volver a mí.

Porque quizás no todo se restaura haciendo más.

Ni siquiera cuando ese hacer consiste en algo que amas.

Durante mucho tiempo pensé que mi medicina era algo que yo tenía para dar.

Una palabra.

Una conversación.

Una mesa.

Una manera de conectar a dos mujeres que quizás necesitaban encontrarse.

Hasta que apareció una pregunta que no había sabido hacerme:

¿qué parte de mí lleva demasiado tiempo pidiéndome lo mismo que yo sé ofrecer tan bien?

Hace poco reuní a varias mujeres alrededor de una mesa.

Era algo que había imaginado durante mucho tiempo.

Quería que hubiera belleza, conversación, un espacio para escribir, para compartir, para mirarnos de verdad.

Pero esta vez ocurrió algo diferente.

Kis llegó con varias cosas para preparar la mesa y la armamos juntas.

Parece un detalle pequeño.

Pero para mí no lo fue.

Por una vez, no sentí que tenía que sostener cada parte de aquello que había imaginado.

Había otra mujer poniendo la mesa conmigo.

Y pude sentir lo rico que era crear algo sin tener que cargarlo entero.

Después las vi llegar.

Las vi reír.

Las vi abrirse.

Las vi conectar.

Y mientras las miraba entendí que quizás había algo más que yo estaba buscando en todo aquello.

No solamente quería crear una mesa alrededor de la cual otras mujeres pudieran sentirse recibidas.

Yo también quería saber lo que se siente ser recibida.

Quizás por eso me hizo tan bien no haber preparado esa mesa sola.

Porque estoy descubriendo algo muy sencillo:

es rico tener amigas que te reciben tan bien como tú sabes recibirlas a ellas.

Amigas que piensan en ti.

Que llegan con algo entre las manos.

Que hacen espacio.

Que no esperan que seas tú quien se encargue de todo.

Quizás recibir también empieza así: permitiendo que alguien ponga la mesa contigo.

Y entonces empecé a mirar de otra manera algo que llevo haciendo durante años.

Me gusta acercar personas.

Presentarle una mujer a otra porque siento que deberían conocerse.

Crear una mesa y pensar quién debería sentarse alrededor de ella.

Abrir conversaciones que quizás nunca habrían ocurrido si alguien no hubiera dado el primer paso.

Me voy dando cuenta que es realmente como un don.

Pero quizás quien sabe tejer redes también conoce profundamente lo que significa necesitarlas.

Tal vez este don también nació al lado de una ausencia.

He conocido lo que se siente querer una tribu.

Extrañar la cercanía.

Ver cómo algunas personas que alguna vez fueron parte de tu vida terminan convirtiéndose en nombres que amas, pero que ya no habitan tu día a día.

Quizás por eso aprendí tan bien a acercar.

A invitar.

A reunir.

A procurar que nadie se quede afuera.

A veces nuestros dones crecen justo al lado de nuestras heridas.

Porque hay algo extraño en ser la que conecta.

Muchas veces sabes quién necesita a quién.

Percibes quién se quedó afuera.

Presentas.

Invitas.

Preguntas.

Haces espacio.

Y, sin darte cuenta, puedes acostumbrarte a ocupar siempre el mismo lugar:

el de quien sostiene los hilos, pero no necesariamente el de quien descansa sobre la red.

Y yo también quiero descansar sobre la red.

Quiero que alguien piense en mí.

Ser invitada.

Llegar sin tener que organizarlo todo.

Pertenecer a algo que no dependa de mí para existir.

Estoy aprendiendo que recibir no significa dejar de dar como sé hacerlo.

Significa permitir que el amor también pueda venir en dirección contraria.

Quedarme cuando alguien me cuida.

Dejarme recibir.

Porque hay una medicina que solo aparece cuando permitimos que otras mujeres nos vean.

Quien reúne también necesita ser invitada.

Quien sostiene también necesita ser sostenida.

Y quien teje también necesita formar parte de la red.

Quizás por eso pensé en hacer de RecibeAmor un espacio donde mujeres con distintas medicinas puedan encontrarse.

Porque quizás ninguna tiene que tener todo lo que otra necesita.

Quizás cada una llega con algo distinto para ofrecer y algo distinto para recibir.

Y tal vez parte de mi medicina está en tejer esos encuentros.

Pero hay algo más que estoy descubriendo:

yo también puedo recibir de aquello que doy.

Hace unos días una chica en Panamá, con quien iba a compartir el delivery de unos journals, me preguntó si quería pedir uno también.

No pensaba comprarlo.

Hasta que vi cómo se llamaba.

Alma.

Y pensé:

Wow.

Justo ahora.

Justo cuando estoy intentando regresar a la mía.

Llevo años escribiendo cartas para otras mujeres.

Todos los viernes me siento a pensar qué quiero contarles, qué parte de mi historia puede acompañarlas, qué palabras quizás alguna necesita recibir.

Y me encanta hacerlo.

Pero de pronto pensé:

¿cuándo fue la última vez que escribí una carta solamente para mí?

A puño y letra.

Sin pensar si algún día será publicada.

Sin convertirla en contenido.

Sin preguntarme si le servirá a alguien más.

Solo para escucharme.

Quizás algunas de mis palabras necesitan quedarse conmigo un poco más antes de salir al mundo.

Quizás necesito habitarlas antes de entregarlas.

Quizás yo también necesito recibir las cartas que sé escribir.

Quizás mi voz también puede ser medicina para mí.

No solamente lo que les digo a otras en un podcast.

También cómo me hablo cuando nadie escucha.

Las palabras que elijo para nombrar lo que estoy viviendo.

Las que dejo de repetirme porque ya no quiero construir mi vida desde ellas.

Y las que todavía necesito aprender a creer.

Estoy aprendiendo que recibir mi propia voz también significa confiar un poco más en ella.

No correr inmediatamente a buscar afuera una respuesta para todo lo que siento.

Hay cosas que primero se sienten y mucho después se entienden.

Quizás no siempre me faltan respuestas. A veces me falta confiar en las que ya están dentro de mí.

Hace poco Kim me hizo una pregunta.

Me preguntó si esa tribu de mujeres de la que tanto hablo, esa que sueño construir, yo también la estaba construyendo en este momento.

Y la respuesta fue:

sí.

Porque no estoy construyendo RecibeAmor desde el otro lado de la herida.

Estoy dentro de ella.

No necesariamente voy delante de ti.

Vamos juntas.

Últimamente pienso mucho en esa palabra:

medicina.

Descansar puede ser mi medicina.

Escribir puede ser mi medicina.

Encontrarme con otras mujeres puede ser mi medicina.

Volver a mí también puede ser mi medicina.

Y entonces miro todo lo que he ido creando y me pregunto si, de alguna manera, mi alma lo sabía antes que yo.

Quizás por eso escribo estas cartas.

Quizás por eso reúno mujeres.

Quizás por eso siempre he sentido el impulso de conectar a unas con otras.

Quizás por eso nació RecibeAmor.

Pensé que estaba construyendo un lugar que otras mujeres necesitaban.

Y un día entendí que, sin saberlo,

también estaba construyendo un lugar al que yo necesitaba llegar.

Tal vez nuestros dones no son solamente aquello que vinimos a entregar.

Tal vez también contienen pistas sobre el camino de regreso a nosotras mismas.

Y este parece ser el mío.

He sabido tejer hacia afuera.

Ahora estoy aprendiendo a seguir ese mismo hilo de regreso hacia mí.

A escucharme.

A confiar.

A descansar.

A recibir.

Porque quizás el llamado de mi alma no era crear algo nuevo.

Quizás era reconocer que aquello que llevaba años ofreciendo a los demás también había sido creado para mí.

Y quizás por eso sí escribí esta carta este viernes.

Solo que esta vez, antes de enviártela,

también era para mí.

Yo también puedo recibir mi medicina.

Karinna

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