· Maternidad · Familia
La mujer que verá mi hija
Las hijas heredan la relación que tenemos con nosotras mismas y con otras mujeres.

Hace unos días volví a ver unas fotos que había olvidado.
Estoy embarazada.
Bailo danza árabe.
Y dentro de mí está Kiara.

Ese baile había llegado a mi vida dos años antes.
No en un momento feliz.
Sino en uno de los más difíciles.
Después de mis pérdidas.
Cuando sentía que mi cuerpo había dejado de ser un lugar seguro.
Cuando necesitaba volver a confiar en mi poder.
La danza fue una de las formas en que empecé a reconciliarme conmigo misma.
Por eso, cuando finalmente llegó el embarazo de Kiara, sentí que ese mismo baile también tenía que acompañarme en mi momento más luminoso.
Elegí bailar Mi Bella Genio.
Era una de mis series favoritas cuando era niña.
Quería regalarle a mi hija un recuerdo que pudiera atravesar el tiempo.
Mientras bailaba imaginaba que ella también lo hacía conmigo.
Que escuchaba la música.
Que sentía el movimiento.
Que, de alguna manera, ya estábamos compartiendo algo.
No sé cuánto recuerdan los bebés de la vida dentro del vientre.
Pero sí sé que Kiara nació enamorada de la música.
Antes incluso de caminar con seguridad, ya se ponía de pie para bailar.
Y hace poco decidimos recrear aquel momento.
Ella, con apenas un año y medio.
Vestida como una mini Bella Genio.
Las dos bailando juntas.
Pronto lo voy a compartir :)

Y mientras la veía mover su pequeño cuerpo con tanta libertad, entendí que ese baile nunca fue solamente un recuerdo.
Era una decisión.
Convertirme, mientras ella crece, en una mujer en paz consigo misma y con otras mujeres.
Porque las hijas aprenden mucho antes de entender.
Aprenden cuando nos escuchan hablar de nuestro cuerpo.
Cuando nos criticamos frente al espejo.
Cuando comentamos el cuerpo de otra mujer sin pensar.
Sin querer, les enseñamos que el cuerpo femenino existe para ser observado.
Y yo no quiero enseñarle eso.
Quiero que mi hija crezca creyendo que un cuerpo no está hecho para ser juzgado.
Está hecho para vivir.
Para bailar.
Para abrazar.
Para ser mamá.
Para sostener a una amiga.
Para rezar.
Para reír hasta que duela el estómago.
Quiero que vea que la feminidad no necesita esconderse ni justificarse.
Pero hay algo que también deseo profundamente.
No quiero que solo aprenda cómo relacionarse consigo misma.
Quiero que aprenda cómo relacionarse con otras mujeres.
Que me vea celebrar sus logros.
Pedir ayuda sin vergüenza.
Recibir Amor.
Construir amistades profundas.
Que descubra que otra mujer puede ser refugio y no amenaza.
Porque las niñas también aprenden eso observándonos.
Aprenden si hablamos bien de otras mujeres.
Si somos generosas con ellas.
Si competimos constantemente.
O si somos capaces de admirarlas sin sentir que eso nos hace más pequeñas.
Quizás por eso escribo estas cartas.
Porque sueño con que mi hija crezca en un mundo con una nueva generación de mujeres donde se reconozcan unas a otras.
Donde una pueda decir:
“A mí también me pasó.”
Y esa frase sea el comienzo de una conversación.
De una amistad.
De una sanación.
No sé quién será mi hija cuando sea adulta.
Pero sí sé quién quiero ser yo mientras ella crece.
Quiero ser una mujer que habita su cuerpo con paz.
Que mira con respeto el cuerpo de otras mujeres.
Que celebra la feminidad sin compararla.
Y que entiende que la forma en que vivimos hoy también se convierte en el legado de quienes vienen detrás.

Porque las hijas no solo heredan nuestros ojos o nuestra sonrisa.
También heredan la manera en que habitamos nuestro cuerpo.
Y la forma en que miramos a otras mujeres.
Desde el Amor,
Kari
— Karinna


