· Maternidad · Tribu
No fuimos hechas para maternar solas
No tengo la tribu soñada… pero estoy aprendiendo a construir sostén con lo que sí existe

Toda mujer necesita una tribu.
Lo sé porque durante mucho tiempo sentí profundamente la ausencia de la mía.
No tengo familia cerca.Pero tampoco tengo esa familia a distancia que está al otro lado del teléfono.
No tengo una mujer cercana en mi vida a quien llamar cuando no sé qué hacer con mis hijos. Alguien a quien preguntarle:
¿Esto es normal?¿A ti también te pasó?¿Qué harías tú?
Y creo que esa es una soledad de la maternidad de la que hablamos poco.
Porque podemos estar rodeadas de personas y aun así sentir que nos falta esa persona.
Porque una puede estar acompañada y sentirse sostenida de muchas maneras… y aun así extrañar profundamente esa intimidad entre mujeres.
Esa mujer a la que no tienes que explicarle demasiado.La que conoce tu historia.La que puedes llamar sin pensar si estás molestando.La que quizás tiene una respuesta porque maternó antes que tú, o simplemente puede decirte “a mí también” porque está maternando junto a ti.
Hubo un momento en mi vida en el que entendí profundamente lo que significaba no tener a esa mujer.
Cuando perdí a Roma, quise llamar a mi mamá.
Pero mi mamá había muerto apenas unas semanas antes.
Recuerdo querer buscar a la persona que, en mi cabeza, todavía debía estar al otro lado del teléfono… y recordar que ya no estaba.
Y mi teléfono también estaba bastante silencioso.
Tiempo después, algunas mujeres me dijeron:
“No quería molestarte.”“No sabía qué decirte.”
Y lo entiendo.
¿Qué se le dice a una mujer que acaba de perder a su mamá y, pocas semanas después, también pierde a su bebé?
Probablemente no existen las palabras correctas.
Pero mirando hacia atrás, creo que en ese momento no necesitaba que nadie tuviera las palabras correctas.
Necesitaba que alguien estuviera.
Que me escribiera aunque no supiera qué decir.Que me llamara aunque hubiera silencios.Que me preguntara por segunda vez cómo estaba, incluso después de que yo respondiera “bien”.
Porque a veces creemos que acompañar significa saber qué decir.
Y quizás acompañar es simplemente no desaparecer.
Quizás por haber conocido ese silencio, hoy intento no tener tanto miedo de molestar cuando sé que otra mujer está atravesando algo.
Porque ahora sé que un “estoy aquí” puede significar mucho más de lo que imaginamos.
Porque yo conozco esa soledad.
No solamente la de no tener familia viviendo cerca.
Sino la de mirar el teléfono en uno de los momentos más difíciles de tu vida y no saber a qué mujer llamar.
Porque cuando una mujer está atravesando algo así, quizás no siempre tiene la fuerza para salir a buscar su tribu.
A veces necesita que la tribu venga a buscarla a ella.
Y quizás por haber conocido ese silencio, hoy entiendo algo que antes no entendía:
una tribu no es solamente la gente que puede ayudarte con tus hijos.
También son las personas frente a las que tú puedes dejar de ser la que sostiene a todos.
Las personas con las que, por un momento, alguien te sostiene a ti.
Durante mucho tiempo pensé que una tribu se tenía o no se tenía.
Hoy entiendo que no siempre es así.
A veces la tribu se hereda.
Y otras veces hay que construirla.
No necesariamente tenemos una tribu perfecta.No necesariamente tenemos una familia disponible.No necesariamente tenemos amigas de toda la vida viviendo cerca.A veces llega en forma de una nana, de una señora que te ayuda, de alguien que entra a tu casa y con el tiempo se vuelve parte de tu sostén.
Cuando estaba embarazada de mi primer hijo, yo no tenía casi nada de eso.
No teníamos los medios para pagar ayuda.No conocía a los vecinos.No tenía familia cerca.No tenía a quién tocarle la puerta.
Hubo una temporada en la que estuve prácticamente sola, atravesando la pérdida de Roma, cuidando a mi hijo y tratando de llevarlo al colegio como podía.
Era yo contra el mundo.
Y nadie habla suficiente de lo que eso le hace al alma de una mujer.
Y creo que muchas mujeres viven así.Sosteniendo una casa, hijos, un cuerpo cansado, una vida entera… sin una red.
Y por años viví así:
Como si todo dependiera de mí.
Que no puedes enfermarte.Que no puedes derrumbarte.Que no puedes decir hoy no puedo.Que incluso descansar requiere primero asegurarte de que absolutamente todo y todos estén bien.
Como si pedir ayuda fuera un lujo.Como si descansar tuviera que ganármelo.Como si necesitar sostén significara que no era suficientemente fuerte.
Con Kiara muchas cosas fueron diferentes.

Hace poco mi esposo viajó y, aunque esta vez yo no estaba enferma ni en riesgo, me di cuenta de algo:
ya no estaba sola.
Me sentí sostenida.
Hasta pude hacerme un masaje.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el mundo no se iba a caer si yo soltaba por una hora.
Y parece algo pequeño, pero para una mujer que pasó años sintiendo que no podía soltar ni un segundo… no lo es.Tenía ayuda en casa.Tenía personas en las que confío.Personas que cuidan a mis hijos con Amor. Personas que, aunque no sean familia de sangre ni amigas íntimas, forman parte de la tribu que elegí crear.
Puedo llorar la tribu que no tengo y agradecer profundamente la que estoy construyendo
Y sí, parte de esa tribu también es posible gracias a los medios que hoy tenemos. Pero eso no la hace menos real.
Porque una tribu no siempre aparece mágicamente.A veces una la construye con lo que tiene.Con decisiones.Con recursos.Con confianza.Con Amor.
Y hoy entiendo algo que antes no podía ver:
No fuimos hechas para maternar solas.
Durante años pensé que ser fuerte era poder con todo.
Hoy creo que ser fuerte también es dejarse sostener.
Porque la ayuda no solo existe para sobrevivir.
También existe para vivir mejor.
Y una cosa no reemplaza a la otra.
Tener ayuda no significa que haya dejado de extrañar a esa mujer a quien llamar.
Porque aunque todavía hay días en los que extraño tener a esa mujer al otro lado del teléfono, hoy sé que una tribu también puede construirse.
Poco a poco.
Con las personas que llegan.Con las que elegimos.Con las que deciden quedarse.
Y quizá una parte de sanar también sea convertirnos nosotras en esa mujer para alguien más.
Esa que, aunque no tenga las palabras correctas, llama.
Esa que no desaparece.
Esa que dice: “estoy aquí”.

— Karinna


