Un adiós en vida
A veces el acto más difícil de amor es dejar de insistir.

Había empezado a ilusionarme otra vez.
No era una ilusión enorme.
Era silenciosa.
Pensaba que, con tiempo, quizás las cosas volverían a acomodarse.
Que todavía existía un camino de regreso.
Me imaginaba viajando volviéndo a verla.
Me imaginaba conversaciones que nunca ocurrieron.
Me imaginaba volver a ser nosotras.
Y entonces leí unas palabras que jamás pensé volver a leer.
Eran, en esencia, una despedida.
Hay frases que no solo rompen el presente.
También rompen el futuro que uno ya había empezado a reconstruir en su imaginación.
Creo que eso fue lo que más dolió.
No solo perderla otra vez.
Perder también la esperanza de volver a encontrarla.
Por primera vez me siento mirando la pantalla con tantas emociones que no sé ni por dónde empezar.
Sigo en shock.
Hay días en los que uno descubre que el amor, por sí solo, no siempre alcanza.
Y esta es una de esas veces.
Estoy cansada de seguir intentando.
De seguir buscando cercanía donde ya no encuentro compromiso.
De seguir creyendo que, si hago un esfuerzo más, si encuentro las palabras correctas o si tengo un poco más de paciencia, las cosas volverán a ser como antes.
Pero una relación no vuelve porque una sola persona la desee.
No va a funcionar si ese deseo no nace también del otro lado.
Duele.
La primera vez dolió como si el mundo se rompiera.
La segunda dolió pero mi mundo continuo.
Y esta tercera se siente diferente.
No porque haya dejado de importar.
Sino porque el corazón también aprende a anestesiarse cuando ha sido herido demasiadas veces en el mismo lugar.
Quizás ahora solo queda aceptar.
Aceptar que tal vez nunca vuelva a ser como antes.
Aceptar que hay heridas mucho más profundas de las que yo puedo reparar.
Porque para reconstruir la confianza hacen falta dos personas.
Y yo ya no puedo seguir haciéndolo sola.
Y creo que una parte de mí entendió algo más.
Durante mucho tiempo pensé que estaba intentando salvar una relación.
Hoy creo que también estaba perdiéndome dentro de ella.
Me convertí en una extensión de alguien más.
Pasé años apagando fuegos que no eran míos.
Hasta que un día entendí que ya no tenía voz.
Ni voto.
Solo espacio para la verdad de alguien más.
Y cuando una deja de tener voz y voto en su propia vida...
también empieza a olvidar quién es.
Mis planes esperaban.
Mi voz esperaba.
Mi vida esperaba.
Se desgasta el alma cuando eres siempre quien busca la cercanía mientras la otra persona parece sentirse más cómoda en la distancia.
Llevamos meses sin intercambiar un solo mensaje.
Y, aun así, una parte de mí seguía creyendo que quizás todo estaba mejorando.
Me cuesta tanto soltar y pensar en una vida sin ella.
Pero, si soy completamente honesta, esa vida sin ella ya existe desde hace muchos años. Solo que yo me negaba a vivirla.
La única que todavía no la aceptaba era yo.

Quizás lo que estoy soltando no es solo una relación.
Es la versión del futuro que seguía soñando.
Hoy entiendo que la esperanza también puede cansarse.
Mientras escribo esto siento el corazón palpitar con fuerza.
No solo por el vacío.
También por todo lo que me está costando aceptar
Porque aceptar no significa dejar de amar.
Significa reconocer que ya no todo depende de mí.
Y esa verdad duele.
Muchísimo.
Hay una frase que no deja de dar vueltas en mi cabeza:
¿Cuánto tiempo puede una persona quedarse golpeando una puerta que solo se abre desde el otro lado?
Creo que ya conozco la respuesta.
No para siempre.
No sé si estoy dispuesta a volver a tocar una puerta que solo puede abrirse desde el otro lado.
No quiero vivir bajo la amenaza constante de perder el vínculo.
Vivía con la sensación de que un pequeño acto podría costarme la relación.
No quiero volver a sentir que debo esconder mi voz para conservar un lugar en la vida de alguien.
Durante mucho tiempo confundí amar con adaptarme.
No quiero seguir sintiendo que el amor depende de cumplir ciertas condiciones.
No quiero vivir en un mundo donde todo sea blanco o negro.
No quiero seguir escuchando versiones de mí en las que ya no me reconozco.
Y decir eso me rompe el corazón.
Porque nunca imaginé que llegaría el día en que dejar de insistir sería también una forma de amor.
Y, sobre todo, no quiero seguir buscando amor donde ya no está siendo correspondido.
Curiosamente, mientras mi corazón atravesaba este duelo, el mundo también estaba viviendo un duelo colectivo.
Mientras miles de familias removían escombros buscando a quienes aman en Venezuela, yo entendía otra forma de pérdida.
Hay personas que buscan desesperadamente volver a abrazar a alguien.
Hay abrazos que, aunque todavía serían posibles en este plano, nunca vuelven a ocurrir.
Nunca había sentido tan profundamente esa contradicción.
Qué injusto puede sentirse el mundo.
Hoy no tengo respuestas.
Solo sé que una relación necesita dos personas.
El perdón puede nacer en una sola.
La esperanza también.
Pero la reconstrucción no.
Y quizás dejar de insistir no significa dejar de amar.
Significa aceptar.
Aceptar que una persona no puede reconstruir sola una relación que pertenece a dos.
Hay personas que ocupan un lugar tan profundo en nuestra vida que perder el vínculo también cambia la forma en la que entendemos quiénes somos.
Pero empiezo a preguntarme si, algún día, miraré hacia atrás y entenderé que este adiós también vino a devolverme una parte de mí que había dejado en el intento de sostenernos.
Quizás este adiós vino a devolverme mi parte más feroz.
La parte con mis límites claros. La parte fuerte. La parte protectora. La que entiende que cuidar de los demás nunca debería implicar dejar de cuidarse a sí misma.
Quizás, por primera vez, significa empezar a cuidar también de mi propio corazón.
Quizás significa que, por primera vez, estoy aprendiendo a abrir la puerta de mi propia vida y seguir caminando.
Desde el Amor,
Kari
PS : Si tú también estás viviendo un adiós en vida, quizás esta carta haya sido para ti.
Yo también escribí una carta que nunca será enviada.
Está dirigida a ella.
Y cuando termine de escribir estas líneas, voy a romperla.
No porque quiera borrar nuestra historia.
Sino porque estoy aprendiendo que hay despedidas que no necesitan llegar al otro para empezar a sanar dentro de nosotros.
Si sientes que hay palabras que llevas demasiado tiempo guardando, escríbelas.
No para enviarlas.
Para liberarlas.
A veces, romper una carta no significa romper el amor.
Significa dejar de golpear una puerta que solo puede abrirse desde el otro lado.
Y empezar, por fin, a abrir la nuestra.
— Karinna


